La violencia volvió a la escena pública frente al Congreso y dejó una pregunta incómoda: ¿quién la trajo? En octubre de 2026, el debate por el DNU 70 se cruzó con encapuchados, gases y una marcha universitaria que terminó copada.
Una hipótesis apunta a grupos de izquierda marginal que, en nombre de la revolución, rompen todo y terminan siendo funcionales al Gobierno. La otra menciona provocadores profesionales, tipo Quebracho: barrabravas camuflados de militantes que la policía alquilaba o alquila para infiltrar entre manifestantes.
La tercera opción no se puede descartar: una mezcla de ambos. Lo patético es que, en octubre de 2026, volvieron a sonar dos de las peores palabras de los 70: violencia e infiltrados. Con la violencia no hay avenidas del medio, aunque sea un descubrimiento mil veces descubierto.
La UBA, que perdió el control de la concentración, pidió que se informara quiénes son los detenidos. El éxito de una movilización se mide por la gente que lleva y por si evita ser copada. En este caso, pasó lo segundo: juntó preocupados reales por la educación y aprovechadores también reales.
Para el Gobierno, el resultado fue mixto: le vino mal la marcha, pero bien cómo terminó. La televisión, al final, dedicó más tiempo, casi tres horas, a mostrar a los violentos que provocaban a la policía y a la policía que lanzaba gases para dispersarlos, que a los que fueron a reclamar por los fondos universitarios, una bandera con legitimidad.
En el recinto, el mileismo logró, con ayuda clave de aliados del PRO y radicales, dejar sin quórum y sin brújula a la oposición. Así abortó el intento de voltear el mega decreto 70. Habría sido mucho más que eso: parte de las cosas más importantes que hizo el Gobierno están allí.
La oposición entendió el riesgo y, el día anterior a la marcha y a la sesión, metió marcha atrás en el capítulo sobre la venta de tierras a extranjeros del proyecto de Propiedad Privada. Hubo muchos dirigentes, como Kicillof y otros de La Cámpora y el partido Obrero, y hasta sindicalistas, pero faltaron dirigentes importantes.
Los acompañaron los gobernadores amigos, y como no hubo necesidad de que todos se borraran, hasta les permitieron a algunos diputados aliados sentarse en sus bancas para no pagar el costo del faltazo. Se notó la mano de Santilli para sacarle a Caputo adelantos de coparticipación, como hace tiempo no sucedían: en lo que va del mes, repartió unos $140.000 millones.
En un momento de caída de la recaudación, los gobernadores hablan con Santilli, que consulta todo con Karina, de plata y obras públicas. Sometimiento voluntario o cómo sobrevivir en el poder. Y uno de los temas centrales sería el fin de las Paso: dice que está ahí de conseguir el número de senadores para bajarlas.
¿Está ahí? No da nombres y, en el mismo Gobierno, dudan Ritondo y Bullrich. Es cierto que los dos se llevan mal con Karina y odian a los Menem, o que los Menem los odian. Gente implacable con los defectos, salvo con los propios.
Enfrente opera con todo Massa, que dio todas las vueltas que podía dar y ahora juega a mantener las Paso diciendo que ya arregló con Cristina ser su candidato para enfrentar a Kicillof en una eventual interna. Viniendo de Massa, uno tiene todo el derecho a ponerlo en duda.
Hoy por hoy, la foto de Cristina, Massa y Kicillof sigue siendo el principal activo electoral de Milei. Hace rato que Milei y los gobernadores podrían haber cerrado un pacto electoral. La pregunta que queda abierta es qué lo impidió.

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