El jueves 8 de octubre se cumplió el primer aniversario de la muerte de Miguel Ángel Russo, y el recuerdo del técnico volvió a cruzar el continente. Para el fútbol argentino, su nombre sigue siendo sinónimo de respeto y mística, pero el viaje hacia Colombia permite dimensionar la magnitud de un legado que quedó grabado en otra porción del continente.
En Millonarios de Bogotá, Russo dejó una huella imborrable al conquistar la Liga 2017 y la Superliga 2018. Los trofeos fueron el punto cúlmine de un idilio que construyó luchando contra un cáncer de próstata y de vejiga, en una gesta que lo hizo dar una lección de vida que trascendió al deporte cafetero.
“Miguel era un sabio. Tenía un don, un sentir y una conexión única con el jugador”, lo define Henry Rojas, ex mediocampista central y hoy ayudante de campo en el plantel profesional de Deportes Tolima. A sus 39 años, Rojas intenta replicar en Ibagué los pasos de su mentor y admite que la nostalgia lo invade en los pensamientos del día a día al notar su ausencia.
El nombre de Rojas no resuena tanto en Argentina, pero es un personaje indispensable en la historia de Miguelo: marcó el zurdazo de volea, en el minuto 85 y de visitante, que le dio a Millonarios el título local de 2017 frente a su clásico rival, Independiente Santa Fe. Detrás de ese grito se esconde un capítulo de resiliencia compartida con un conductor que, en el silencio, libraba las batallas más duras de su vida.
“Puertas adentro del club ni siquiera los jugadores sabíamos que Miguel venía siendo afectado por su enfermedad”, revela Rojas. “Se ausentaba de las sesiones de entrenamiento tres o cuatro días, y siempre lo manejaron de que eran ‘compromisos personales’. Obviamente veíamos un deterioro físico, pero nunca ninguno del equipo preguntó nada, todo se manejó en silencio. Que él nunca haya dicho nada enaltece más su figura y nosotros tratábamos de responder con hechos”, agrega.
El legado humano y profesional también aparece en la forma en que Russo acompañó a sus jugadores. Rojas cuenta que antes del título arrastraba una pubalgia que le iba quitando ritmo y le costaba entrenar, pero el entrenador lo convocaba a pesar de no jugar nunca. Sintiéndose culpable por ocupar un lugar sin estar al 100 por ciento, le dijo: “Profe, me siento mal porque me estás llevando, no entreno y el grupo puede que lo tome mal”.
Lejos de marginarlo, Russo le dio una lección: “El que toma las decisiones soy yo. Sé qué estás viviendo y si te convoco, es porque yo quiero. Despreocupate, mandá a la mierda todo y hacé lo tuyo”. Esa confianza se convirtió en el desenlace de la final: en la ida, Rojas no jugó; en la vuelta, con el global empatado, entró a 20' del final. Russo le puso la mano en el hombro y le dijo: “Necesito que tomes el control. En tu pie vamos a mejorar”. A los diez minutos clavó el gol del campeonato.
Hoy, Rojas intenta seguir los pasos de su mentor y reconoce que, por estas fechas, la nostalgia lo invade “en los pensamientos del día a día al notar su ausencia”. También recuerda la calidad humana de Russo: “Él era tan genuino que aún en sus momentos más difíciles nunca dejó de contestarme mensajes. Siempre lo hacía con todo el amor del mundo. Hablamos hasta una semana antes de su fallecimiento. Pese a no estar en su mejor momento, no se demoraba más de 15 minutos en responder”.
Con información de: Clarín, último momento y deportes.

Comentarios