Argentina presenta un panorama económico que, sobre el papel, debería tranquilizar a los mercados: lleva más de dos años de superávit fiscal, registra ingresos de divisas en niveles récord y ha logrado sanear el balance del Banco Central. Sin embargo, el riesgo país se mantiene en torno a los 500 puntos básicos, siendo el más alto de América Latina entre países que honran su deuda.
La paradoja se profundiza cuando se observan otros indicadores positivos: las empresas públicas casi no pierden dinero, se anuncian inversiones bajo el RIGI por montos cercanos al 20% del PBI y el dólar oficial se mantiene estable. Pese a una mejora esta semana tras la suba en la calificación de S&P, Argentina sigue siendo uno de los países con mayor riesgo del mundo.
El primer factor que explica esta anomalía es la memoria reciente del default de 2020. Según analistas del mercado, ese incumplimiento fue "absolutamente innecesario" y respondió a una decisión política con lógica adversarial hacia los acreedores, generando un daño reputacional enorme que persiste hasta hoy.
La persistencia del cepo cambiario constituye el segundo elemento de desconfianza. Aunque el esquema se flexibilizó significativamente en 2025, el Banco Central confirmó la continuidad de restricciones sobre el mercado de cambios, manteniendo una prima de riesgo estructural. Esta medida había generado pérdidas importantes a inversores externos que realizaban carry-trade.
Un tercer factor clave es el atesoramiento masivo de dólares por parte de los argentinos. Desde la liberalización parcial del cepo en 2025, compraron USD 32.000 millones, y solo en el primer cuatrimestre de 2026 adquirieron más de USD 10.000 millones, superando las compras del BCRA y duplicando el superávit comercial del período.
Las bajas reservas del BCRA representan otro punto de preocupación. Pese a que las exportaciones totales pasaron de USD 83.500 millones en 2023 a USD 105.150 millones en 2025, las reservas netas se mantuvieron prácticamente estables hasta marzo de 2026, cuando comenzaron a recuperarse gracias al récord de exportaciones mineras y energéticas.
La calificación crediticia también juega un rol determinante. Las agencias calificadoras ubican a Argentina entre seis y siete escalones por debajo del grado de inversión, lo que impide a muchos fondos activos incluir bonos argentinos en sus carteras por restricciones de mandato. Solo los fondos indexados compran por obligación, sin generar demanda que mueva los precios.
El caso suizo mencionado en el análisis sirve como contraejemplo: países con fundamentos sólidos y credibilidad institucional logran mantener spreads bajos de manera sostenida. Argentina, en cambio, debe enfrentar el desafío de reconstruir la confianza tras décadas de volatilidad macroeconómica y decisiones que erosionaron su reputación financiera internacional.

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