Una joya arquitectónica de más de cien años volvió a brillar en pleno corazón de Recoleta. La histórica residencia de la familia Mihura, ubicada en Avenida Las Heras al 1700, casi esquina Callao, fue sometida a un minucioso proceso de restauración que reveló tesoros únicos de la arquitectura porteña de principios del siglo XX.
La mansión, diseñada por el reconocido arquitecto Eduardo Lanús, se mantuvo prácticamente intacta durante décadas de abandono. Cuando los nuevos propietarios del actual Recoleta Grand Buenos Aires - A Tribute Portfolio Hotel accedieron al inmueble, se encontraron con una ventana al pasado que les permitió conocer los usos originales de esta construcción histórica.
Lanús, quien dejó su huella imborrable en Buenos Aires con obras monumentales como los palacios Errázuriz y Sans Souci (ambos de 1918) y el palacio Bosch (1917, actual residencia del embajador de Estados Unidos), diseñó esta residencia para Don Francisco Mihura. El arquitecto también fue responsable del Edificio de Aduanas, declarado Monumento Histórico Nacional en 1910.
Junto a Pablo Hary, también arquitecto e ingeniero, Lanús intervino en más de 400 obras entre fines del 1800 y las primeras décadas del 1900, participando activamente en la construcción de esa Buenos Aires que hoy tiene un sello distintivo gracias a este tipo de construcciones clásicas.
Los Mihura eran inmigrantes españoles y terratenientes que incluso tuvieron representación política: Emilio Mihura fue ministro de agricultura y ganadería. La familia vivió menos de 20 años en esta residencia, que luego vendieron a una rama de los Anchorena: los Molina Anchorena, quienes finalmente la vendieron a los actuales propietarios del hotel.
El proceso de restauración fue exhaustivo: pisos, cerramientos, luminarias, ornamentación, mármoles, techos, paredes, rejas y molduras fueron llevados a su aspecto original, pero sin crear falsos históricos. En el antiguo pasaje de carruajes, donde ya no existían pisos originales, se colocó una piedra de color similar al mármol de las paredes, pero claramente moderna.
La obra de la casona histórica fue llevada a cabo por el estudio norteamericano EDG, mientras que la nueva torre es obra de los argentinos M/SG/S/S/V. El interiorismo estuvo a cargo del estudio Gashu.
Sin embargo, no todo pudo ser recuperado. Un vitral ubicado sobre la escalera principal no pudo ser restaurado debido a la falta de documentación y fotografías. Solo se halló la estructura metálica que daba testimonio de su existencia. Con los años y la falta de mantenimiento, el vitral perdió el plomo y la masilla que unían sus partes, sufriendo un deterioro irreversible. Hoy, ese espacio fue resuelto con una lámpara ultra moderna suspendida desde la estructura centenaria.
Uno de los mayores desafíos fue la construcción de una nueva torre de habitaciones en la misma parcela sin tocar la residencia, que cuenta con importante protección patrimonial no solo de la fachada, sino también de la volumetría e interior. La solución fue retirar la nueva torre del frente -casi no se ve desde la vereda- y que arranque recién en el cuarto piso, apoyándose en columnas enormes integradas visualmente al conjunto.
Esta integración queda de manifiesto en el bar y restaurante Atrium, desde donde se aprecia cómo fue pensada la vinculación entre la mansión histórica, la torre original y la nueva construcción, creando un diálogo arquitectónico único en el barrio de Recoleta.

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