El papa León XIV aprobó este viernes el decreto que reconoce las "virtudes heroicas" de la monja María Ana Alberdi Echezarreta, dando inicio formal al proceso de beatificación de la religiosa que dedicó gran parte de su vida al servicio en Madrid.
La decisión papal marca el primer paso hacia la eventual beatificación de esta abadesa del monasterio de las Hermanas Concepcionistas Franciscanas, quien nació en 1912 en Azkoitia, Gipuzkoa, pero desarrolló su vocación religiosa en la capital española, donde falleció en 1998.
El pontífice firmó los decretos presentados por Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para la Causa de los Santos, entre los cuales se encontraba el expediente de la religiosa nacida como María de la Concepción Cruz en una familia de labradores vascos.
La trayectoria de Alberdi estuvo marcada por su llegada al monasterio de la Concepción Francisca de Madrid, ubicado en el barrio de La Latina, en octubre de 1931. Tenía apenas 19 años cuando ingresó a la vida religiosa en una época convulsionada de la historia española.
Durante la Guerra Civil Española (1936-1939), la comunidad religiosa enfrentó momentos críticos y debió refugiarse en la casa de las Hermanitas de los Pobres de la Calle Almagro. Tras el conflicto, las monjas regresaron al convento y se abocaron a la ardua tarea de restaurar los daños que había sufrido el monasterio.
La carrera religiosa de Alberdi fue ascendente: ejerció diversos cargos, incluyendo el de maestra de novicias, hasta ser elegida abadesa en 1953. Se mantuvo en este cargo de máxima responsabilidad durante 33 años, liderando la comunidad hasta bien entrada la década de 1980.
El reconocimiento de las virtudes heroicas constituye el primer escalón en el proceso de canonización. Para que un venerable sea beatificado, la Iglesia Católica requiere que se haya producido un milagro debido a su intercesión o la declaración del martirio. Posteriormente, para la canonización o proclamación como santa, se necesita un segundo milagro obrado por intercesión tras ser proclamado beato.
La decisión del Vaticano pone en valor la figura de una religiosa que dedicó 67 años de su vida al servicio en Madrid, ciudad que la acogió desde muy joven y donde desarrolló una extensa labor pastoral y comunitaria que ahora la Iglesia considera digna de veneración.

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