En la Avenida de Mayo, el Palacio Barolo sigue pareciendo una mole que detiene el paso y abre una leyenda porteña. Uno camina más o menos apresurado y, de pronto, la Ciudad desaparece: arranca un viaje de imágenes, números y símbolos.
La historia arranca en 1919, cuando el empresario textil Luis Barolo y el arquitecto Mario Palanti comparten un negocio y una preocupación: Europa se desangra y hay que salvar lo más sagrado de la cultura occidental. La idea, según se cuenta, era construir un santuario en el fin del mundo para resguardar las cenizas de Dante Alighieri.
Palanti, el creador, nació en Milán en 1885 y desembarcó en Buenos Aires diez años antes. Trajo formación de pintor en la Academia de Brera y de arquitecto en el Politécnico milanés, junto con una fascinación por el misticismo, el eclecticismo, la monumentalidad y los detalles.
En las visitas guiadas se marcan coincidencias con la Divina Comedia: 100 metros de altura, como 100 cantos; 22 pisos, como 22 estrofas en ciertos cantos; 11 balcones, como 11 estrofas en otros. La pregunta queda abierta: ¿todo está en clave?
El historiador de la arquitectura Carlos Hilger escribió que el Barolo es el gran ejemplo local de arquitectura esotérica de principios del siglo pasado y lo describió como “Un templo bajo la Cruz del Sur”. Otros investigadores, en cambio, dicen que la influencia de la Divina Comedia no está documentada y que sí pesó el furor por las alturas del neogótico.
El edificio reunió mármoles de Carrara, dragones y serpientes más o menos escondidos, y materiales de las torres más modernas de la época. Mientras el ascensor de hierro sube despacio, uno piensa en las flores del piso de entrada, cual “círculos de fuego”, y en los cuadrados blancos y negros, como “el bien y el mal, en clave masónica”. Ahí aparece también la duda sobre la logia Fede Santa, medieval, vinculada con los templarios.
El hechizo verdadero viene después: tras 114 escalones y un tramo sofocante de escalera de caracol, aparece un faro con 300 mil bujías. Desde ahí, la cúpula verde del Congreso parece una miniatura y el Río de la Plata se estira en el horizonte. De noche, las luces permiten dialogar con el Palacio Salvo, que Palanti construyó como gemelo del Barolo en Montevideo.
El Barolo, en Avenida de Mayo 1370, fue el más alto del país y de América del Sur hasta 1936, cuando lo desplazó el Kavanagh, de 20 metros más. Hoy funciona como un ícono porteño actualizado, con un rooftop Art Déco llamado Salón 1923, donde se ofrece ambientación de esos años, tapas y tragos. Poema de cemento o no, el edificio despliega una magia que recuerda que las ciudades se sueñan antes de ser habitadas.

Comentarios