La mañana del sábado amaneció con lluvia torrencial en Buenos Aires, pero el Open House volvió a llenar sus recorridos con visitantes que no se dejaron frenar por el clima.
El festival de arquitectura abrió durante sábado y domingo las puertas de edificios y espacios de la Ciudad, y las largas filas mostraron la convocatoria de personas interesadas en mirar la ciudad con otros ojos.
Paraguas, pisos mojados y entradas empapadas quedaron en segundo plano frente a la posibilidad de conocer lugares que habitualmente no están abiertos al público. Los voluntarios recibían a los visitantes con entusiasmo, aportando información y datos clave sobre cada construcción.
Una de las paradas fue el PH Juana Azurduy, en Juana Azurduy 3000. El pequeño lote fue restaurado con una premisa clara: elevar la calidad espacial sin perder la esencia de la vivienda.
La intervención trabajó con los niveles, reorganizó las circulaciones y transformó las escaleras en parte fundamental de la experiencia. El color apareció como protagonista, combinado con terminaciones impecables, y demostró que incluso en pocos metros cuadrados hay espacio para experimentar.
A pocos metros, en Juana Azurduy 3253, se encontraba el PH Juana, una vivienda de colores más neutros y una intervención que ponía el foco en la manera en que se habita el espacio.
Allí se unieron tres ambientes originales en un único espacio público, volcado hacia el patio interno, para generar ventilación cruzada y favorecer el ingreso de luz natural desde la calle y desde el patio.
Otra propiedad transformada fue la Casa Mendoza, en el cruce con Superí. La casa ya existía: era una obra de un ingeniero civil de mediados de los años 70.
Allí, la estructura coincidía prácticamente con el sistema de cerramientos: muros de mampostería tradicionales y aventanamientos controlados. Pero los arquitectos sólo conservaron la estructura de hormigón armado que tenía buena factura: columnas, vigas y losas, y modificaron todo lo demás con una premisa: no desperdiciar espacio.
La casa no tiene prácticamente circulaciones ni pasillos. Las llegadas de las escaleras se convierten en oportunidades para generar nuevos espacios comunes o semiprivados: el living íntimo de la planta alta, por ejemplo, o el estudio ubicado en el subsuelo. Son pocos metros cuadrados, pero utilizados al 100%.
A pesar del mal clima, para las 12 ya estaban agotados todos los cupos en Casa Mendoza y había más de media cuadra de personas esperando para ingresar.
En la última parada, el edificio Prometeo 3031 también se formaron largas filas y había jóvenes amontonados sacando fotos de cada detalle constructivo. Los voluntarios de Open House intentaban organizar el ingreso y coordinar la circulación.
Mientras tanto, en la entrada, el arquitecto Marco Caviglia comenzaba a contar, con una pasión difícil de ignorar, cómo nació y cómo se desarrolló el proyecto. La visita rápidamente dejó de ser solamente una explicación sobre construcción.
Caviglia habla del edificio, pero también de la historia del barrio, de la arquitectura, de las transformaciones de Buenos Aires y de las decisiones que llevaron a que este proyecto sea lo que es.
Prometeo propone que los ambientes principales de las viviendas se vinculen con una terraza jardín de grandes dimensiones y buena orientación. Allí conviven grandes espesores de tierra y vegetación, huerta, compost, solados, piletas, fogoneros y diferentes espacios de uso común.
La operación es casi una inversión conceptual: todo el terreno natural que el edificio ocupa en planta baja aparece ahora “sobre” el edificio. La azotea, además, se reserva para la incorporación de paneles solares.
El edificio recupera, además, una referencia característica de la arquitectura porteña: el patio lateral de la tradicional casa chorizo.

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