La última encuesta nacional de QSocial confirmó una tendencia que preocupa en Casa Rosada: en cuatro meses, la aprobación del presidente Javier Milei retrocedió 17 puntos y tocó el piso de toda la serie. Sin embargo, el oficialismo mantiene un nivel de apoyo electoral superior al 30% y sigue liderando los escenarios de intención de voto.
Esta combinación —desgaste social acelerado pero supremacía electoral— plantea una pregunta clave para la política argentina: quién está capitalizando ese descontento. La respuesta, según el relevamiento, tiene nombre y apellido: Axel Kicillof.
Cuando se consulta a los argentinos quién encarna hoy la oposición al Gobierno, el gobernador bonaerense emerge con claridad. El 34% lo identifica como el principal dirigente opositor, por delante de Cristina Kirchner (16%), Sergio Massa (6%) y Myriam Bregman (5%).
Para los vecinos del conurbano bonaerense, donde Kicillof ejerce su mandato, este liderazgo opositor tiene particular relevancia. El gobernador conoce de cerca las problemáticas de los municipios del Gran Buenos Aires, desde La Matanza hasta Tigre, territorios que concentran millones de votantes.
Sin embargo, el dato más revelador está en otro lado. El 23% de los encuestados no logra identificar a ningún dirigente como principal opositor, mientras que otro 16% nombra a Cristina Kirchner, hoy inhabilitada para competir. Sumados, representan el 39%: cuatro de cada diez argentinos miran al espacio opositor y no encuentran a nadie a quien apoyar.
Este porcentaje alcanza casi el 50% en el segmento independiente, clave para ganar cualquier elección. Se trata de un electorado que no está decidido, sino en busca de referencia. En la política argentina, estos espacios no permanecen vacíos demasiado tiempo: se llenan rápido cuando aparece un liderazgo con narrativa propia.
Un dato viene reordenando silenciosamente el campo opositor: el 65% de los argentinos cree que el peronismo debe renovar dirigentes e ideas, una percepción que creció 23 puntos en apenas cinco meses. La demanda es transversal: alcanza al 60% dentro del propio peronismo y trepa al 68% entre los independientes.
Esa demanda ya está produciendo movimiento. Kicillof creció del 15% al 28% como el dirigente más mencionado para liderar la renovación del peronismo. Es decir: no solo encabeza la foto opositora del presente, sino que también se proyecta como el rostro del recambio que la sociedad reclama.
Para la oposición porteña y bonaerense, esto plantea un desafío. Dirigentes de Ciudad de Buenos Aires como Leandro Santoro o intendentes del conurbano deberán definir si acompañan este liderazgo de Kicillof o buscan construir alternativas propias de cara a las próximas elecciones.
El riesgo más sutil para quien aspire a consolidarse como liderazgo opositor es ordenar todo el armado político alrededor de una sola idea: ser el "anti Milei". Funciona en el corto plazo, porque permite cosechar el malestar sin demasiado esfuerzo de construcción, pero tiene un costo estratégico enorme: la suerte del opositor queda atada a la suerte del Presidente.
La alternativa exige más trabajo: construir, además de la contracara, una narrativa propia con un diagnóstico del país, una idea de hacia dónde ir y propuestas que permitan al electorado proyectar un futuro en clave positiva. La diferencia es dejar de ser "voto castigo" y empezar a ser "voto adhesión".

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