Desde Merlo hasta Palermo, más de una hora de viaje en transporte público. Nadia, de 21 años, estudiante de arquitectura en la UBA, llegó antes del amanecer con su termo bajo el brazo y la esperanza intacta. Nunca tuvo un trabajo formal y esta podría ser su oportunidad.
La Expo Empleo Barrial organizada por la Subsecretaría de Trabajo y Empleo porteña congregó a más de 10 mil inscriptos, de los cuales 2.100 se presentaron en la sede de Palermo. Una fila serpenteante de varias cuadras se formó desde la madrugada, con jóvenes que comparten la misma urgencia: conseguir trabajo.
"Necesito solventar mis estudios. Esta puede ser la oportunidad definitiva para lograr mi autonomía financiera", explica Nadia con una calma forzada. Sus palabras resuenan mientras detrás suyo la fila sigue creciendo, como si toda la ciudad hubiera decidido despertar temprano para buscar lo mismo.
La imagen tiene algo de paradoja urbana: en uno de los barrios más caros de Buenos Aires, con restaurantes de autor y departamentos cotizados en dólares, miles de jóvenes hacen cola para conseguir empleos de seis horas por medio millón de pesos. Palermo como escenario de una Argentina donde conviven realidades que no se miran a los ojos.
La feria reunió a 31 empresas que ofrecieron más de 600 puestos en rubros desde gastronomía hasta tecnología. La proporción es elocuente: aproximadamente 17 candidatos por cada puesto disponible. Una matemática cruel que resume mejor que cualquier estadística oficial el estado del mercado laboral para menores de 30.
Pero el problema no es solo la falta de trabajo. Es que tener trabajo tampoco alcanza. Felipe Bordón, de 18 años, vive en Nueva Pompeya y arma pantallas para eventos. Tiene empleo pero vino a buscar un segundo trabajo que pueda combinar con kinesiología.
"La situación está muy complicada", explica con la economía del lenguaje de quien aprendió que quejarse no sirve. Su plan es tener dos empleos en paralelo mientras termina la carrera. No lo dice como aspiración, sino como necesidad aritmética: dos sueldos para cubrir lo que antes cubría uno.
El suyo es un perfil cada vez más frecuente: el joven que trabaja y aun así no llega. Que tiene empleo y necesita otro. Que estudia, trabaja, y sigue dependiendo de la convivencia forzada para pagarse el mes. La independencia, en ese esquema, es un horizonte que se corre.
Abel Maldonado, de 24 años, vive en Lugano con sus padres y lleva un año desocupado. Estudia enfermería y busca cualquier trabajo que le permita independizarse. En poco más de una hora recorrió stands de seis empresas distintas, con currículum impreso y estrategia clara: aplicar a todo, filtrar después.
Las ofertas que encontró: jornadas de seis horas diarias con salarios promedio de 500 mil pesos mensuales. En una ciudad donde un monoambiente en zona accesible ronda o supera ese valor, la ecuación es ajustada. "Es ajustado", reconoce Abel, "pero representa la posibilidad de crecer como persona".
Que alguien deba considerar "una posibilidad de crecer" a un sueldo que apenas roza la línea de pobreza dice mucho sobre el nivel al que bajó el piso de expectativas de toda una generación que busca trabajo en el AMBA.

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