La alerta por lluvias torrenciales, ríos desbordados y carreteras inundadas vuelve a poner en el centro la gestión del agua. Según la Aemet, las precipitaciones serán más frecuentes en el otoño y el invierno, aunque España no está a salvo de una nueva sequía.
David Carracero, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos especializado en hidráulica y energía, explicó a La Vanguardia que unos meses muy lluviosos no significan olvidar la falta de agua. “El agua será uno de los grandes retos de las próximas décadas”, alertó.
Para el especialista, la cuestión no será únicamente cuánto llueva, sino qué se hace con el agua cuando llega y cómo se prepara a la población para los periodos en que deja de hacerlo. “Que en un futuro abriremos el grifo y no saldrá agua es una idea que no debemos trasladar”, sostuvo.
El cambio climático hará que las lluvias sean cada vez más irregulares y el problema no será igual en toda España. Las zonas que concentran mucha población, turismo y agricultura, pero disponen de poca agua natural, son las que más preocupan. “Debemos prepararnos para una pluviometría más variable”, añadió.
“El problema no es cuánto llueve, sino cómo gestionamos el agua cuando está disponible”, insistió. En la práctica, significa aprovechar mejor el recurso cuando sobra para afrontar con más garantías los periodos de escasez.
Carracero recuerda que ahorrar agua sirve, pero pone el problema en perspectiva: si una ciudad sufre restricciones durante una sequía grave, no será porque una familia se haya duchado unos minutos de más. Evitar ese punto depende principalmente de que las administraciones hayan previsto necesidades e inversiones con años de antelación.
Hay otra cuestión menos visible: no basta con tener agua; tiene que poder consumirse. La seguridad del abastecimiento depende de disponer de agua suficiente, de calidad adecuada y de infraestructuras capaces de tratarla y distribuirla. Las reservas sirven de poco si después no se puede utilizar.
En los hogares, la media se sitúa en unos 128 litros por persona y día, y el baño es uno de los lugares donde más se desperdicia. “Las duchas demasiado largas, las cisternas antiguas o con fugas y los grifos abiertos mientras nos lavamos los dientes o nos afeitamos son consumos pequeños en apariencia, pero muy repetitivos en los hogares españoles”, explicó Carracero.
También existe la posibilidad de reutilizar el agua. Las aguas grises, procedentes de duchas o lavabos, pueden usarse para llenar cisternas de inodoros, y el agua de lluvia puede recogerse para ciertos usos domésticos. La dificultad es que estos sistemas requieren mantenimiento e instalaciones preparadas para evitar que el agua reutilizada se mezcle con la agua potable.
Por eso, el ingeniero recomienda prever estos sistemas desde el diseño del edificio siempre que sea posible. La clave de los próximos años será guardar y aprovechar mejor el agua cuando esté disponible para llegar preparados a los periodos secos. Mientras las grandes decisiones dependen de las administraciones, en casa queda una parte más sencilla: evitar gastar agua que realmente no necesitamos.
Con información de: Clarín - Último Momento.

Comentarios