La moda de medir la composición corporal en lugar del peso tradicional está generando una nueva forma de obsesión que preocupa a especialistas en trastornos alimentarios de Ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Lo que comenzó como un avance científico para entender mejor el cuerpo humano se está convirtiendo en una trampa peligrosa que puede derivar en patologías como la vigorexia.
La composición corporal se refiere a la distribución de agua, grasa, hueso y músculo en el organismo. El agua representa entre el 50% y 65% del peso total, mientras que el tejido adiposo constituye del 15% al 25% del peso corporal, con diferencias significativas entre hombres y mujeres.
Las mujeres mantienen aproximadamente un 25% de grasa corporal durante toda su vida, el doble que los hombres, quienes promedian un 15%. Esta diferencia tiene una explicación biológica: es esencial para conservar la fertilidad femenina.
El problema surge cuando esta información científica se transforma en obsesión. Profesionales de la salud mental de hospitales porteños reportan un aumento en consultas relacionadas con la preocupación excesiva por el porcentaje de masa muscular y la distribución de grasa corporal.
La clasificación de la grasa según su ubicación también alimenta estas obsesiones. La grasa subcutánea, que representa el 80% del total, se encuentra debajo de la piel, mientras que la grasa visceral rodea órganos internos como hígado, páncreas e intestinos. Aunque esta última representa menos del 10% del total, es la más peligrosa para la salud cardiovascular.
Durante décadas, el Índice de Masa Corporal (IMC) fue el estándar para diagnosticar obesidad. Se calcula dividiendo el peso en kilos por el cuadrado de la altura en metros. Sin embargo, este método tiene limitaciones: un deportista con músculos desarrollados puede tener IMC elevado sin tener exceso de grasa.
Para medir la composición corporal se utilizan métodos como la bioimpedancia, que mide la resistencia de los tejidos al paso de corriente eléctrica, o técnicas más avanzadas como densitometría y resonancia magnética. La circunferencia de cintura también se ha convertido en un indicador clave del riesgo cardiometabólico.
El peligro radica en que esta información técnica está siendo malinterpretada por personas sin formación médica, generando nuevas formas de trastornos alimentarios y dismorfias corporales que requieren atención profesional especializada.

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