Apenas faltaban cuatro días para el comienzo de la Copa del Mundo de Francia 1998 y la delegación de la Selección Argentina ya estaba instalada en su búnker de L'Étrat, en Saint-Étienne. Sin embargo, el clima de concentración se rompió de golpe cuando un fuerte rumor comenzó a circular en territorio francés: un control interno del plantel había arrojado un resultado positivo.
Lo primero que se aclaró para bajar la tensión fue que no se trataba de un caso de doping tradicional, ya que eran análisis de rutina realizados fuera de la competencia oficial y que las sustancias detectadas provenían, supuestamente, de medicamentos antigripales. Todas las miradas apuntaron a Juan Sebastián Verón, el mediocampista de la Sampdoria que se convertiría en el epicentro de una tormenta mediática.
El 6 de junio, el director técnico Daniel Passarella se vio obligado a salir a desmentir las versiones en una conferencia de prensa cargada de tensión, mientras que el propio futbolista respondió de manera tajante ante los micrófonos: "Me comí un garrón". La cuestión es que el profundo malestar del mediocampista terminó siendo uno de los principales detonantes para que el cuerpo técnico y los referentes del plantel decidieran imponer severas restricciones a la labor de los periodistas argentinos acreditados en el Mundial.
Desde entonces ya no habría entrevistas individuales y los jugadores solo hablarían en conferencias de prensa. En aquel momento tampoco quedaron del todo claras las explicaciones del médico del plantel, Luis Seveso, ni las del presidente de la AFA, Julio Humberto Grondona.
Seveso había afirmado en un primer momento que existía una anomalía, aunque luego se retractó al señalar que todavía no contaba con los resultados definitivos. Por su parte, Grondona reconoció días después la existencia de un caso positivo en los testeos preventivos, aunque aseguró que únicamente el cuerpo técnico conocía la identidad del futbolista involucrado. "Les juro por mi madre que yo no sé quién es. No quise ni preguntar", declaró Don Julio para despegarse del asunto.
Según las investigaciones periodísticas de la época, los controles cuestionados se habían realizado el 2 de junio en Buenos Aires, pocas horas antes de que el avión partiera rumbo a Francia. Los jugadores se presentaron en grupos de cuatro para someterse a los distintos estudios clínicos de rutina, y Verón integró justamente el primer turno de extracción.
En medio de ese contexto convulsionado y de los crecientes roces con la prensa, los protagonistas decidieron endurecer las condiciones de trabajo de los cronistas. "Tomamos esta decisión para que haya más transparencia en las preguntas y en las respuestas", explicó el capitán de aquel equipo, Diego Simeone.
Ya en Francia, Passarella ordenó además rodear el complejo de entrenamiento con una lona plástica de casi dos kilómetros de largo y dos metros y medio de altura. La estricta medida de privacidad les costó a los responsables del predio unos 70.000 dólares adicionales. También se colocaron nuevas cerraduras en el portón de acceso y se solicitó formalmente una custodia permanente de gendarmes acompañados por perros entrenados.
Por su parte, el secretario de Deportes de la Nación, Hugo Porta, sugirió públicamente que la AFA realizara un sumario interno para ser analizado por el organismo que encabezaba el exrugbier. Sin embargo, como era previsible, la investigación nunca avanzó en los pasillos de Viamonte. El episodio marcó un antes y un después en la relación entre la Selección y los medios, estableciendo un precedente de desconfianza que perduraría más allá del Mundial francés.

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