La sucesión de crímenes contra mujeres en 2026 volvió a poner en el centro el debate sobre femicidio, violencia de género y la respuesta del Estado. En Barracas, el juicio por el triple lesbicidio de Barracas y el proceso contra Néstor Pavón mantienen viva la discusión sobre cómo se investiga y castiga la violencia letal.
El caso de Nancy Godoy, docente rural de 52 años, concentró la indignación. Estuvo desaparecida 21 días en Corrientes y fue encontrada muerta, en avanzado estado de descomposición, en un potrero. Hay cinco detenidos y la principal hipótesis apunta a un ataque sexual; la fiscalía investiga el hecho como femicidio.
La semana pasada aparecieron los cuerpos de Daniela Villalba y Tatiana Micaela Fernández, dos jóvenes degolladas y desnudas. Se las describió como trabajadoras sexuales. En paralelo, Agostina Vega, de 14 años, fue hallada descuartizada en un descampado. La edad y la condición de estudiante de la adolescente contrastan con la lógica de descarte que atraviesa varios crímenes.
En el juicio por el triple lesbicidio de Barracas, el fiscal sostuvo que el acusado actuó por odio y desprecio hacia las víctimas.
A la vez, comienza otro proceso para determinar si Néstor Pavón encubrió a Sebastián Wagner, condenado por la violación y el femicidio de Micaela García, o participó directamente en el ataque. Pasaron nueve años.
Los observatorios registran más de 200 femicidios en lo que va de 2026. Frente a esa cifra, el Gobierno minimiza la violencia de género, afirma que todas las violencias son iguales e intentó eliminar la figura del femicidio del Código Penal.
La Corte Suprema debe resolver el caso de Julieta González, asesinada en Mendoza en 2016, y definir si para aplicar el agravante por violencia de género hace falta una relación de pareja o una historia previa de violencia. El asesinato de Nancy vuelve concreta esa discusión: ¿cómo se reconocen las razones de género si se limitan a los vínculos afectivos?
La ley no exige que víctima y agresor sean pareja. Todo asesinato de una mujer debe ser investigado como femicidio. Sin embargo, ante la evidencia, igual se pretende silenciar a las mujeres con el proyecto de falsas denuncias. Vuelve la sospecha de que exageran, inventan o mienten.
Que si la pollerita, que si viajaba sola, que si era trabajadora sexual, que si era de noche, que si era lesbiana: siempre hay una explicación que pone el foco en la víctima y no en quien la atacó. Las mujeres están hartas del negacionismo, de la falta de educación sexual y del desmantelamiento de las políticas de prevención.
Nadie quiere contar mujeres muertas. Hay que evitar que las abusen, las maten y las descarten. Para eso hacen falta educación, justicia y un Estado presente. Es imprescindible y urgente que no solo las mujeres estemos hartas.

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