Una nueva investigación publicada en Translational Neurodegeneration concluyó que la dieta cetogénica podría proteger el cerebro frente a enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer, Parkinson, esclerosis múltiple y ELA. El hallazgo cobra particular relevancia en la Ciudad de Buenos Aires, donde según datos del Ministerio de Salud porteño, más de 80.000 adultos mayores conviven con algún tipo de deterioro cognitivo.
El análisis, realizado por expertos de la Universidad de Coimbra en Portugal, reunió resultados de estudios publicados durante los últimos 15 años y encontró que este plan de alimentación, rico en grasas y bajo en carbohidratos, no solo ha sido utilizado para bajar de peso, sino que también aparece como una vía prometedora para prevenir o tratar trastornos que deterioran el sistema nervioso con el tiempo.
La base de la hipótesis está en el eje intestino-cerebro. Según los investigadores, ambos sistemas mantienen una comunicación bioquímica constante y bidireccional, con intercambio de señales que inciden en la digestión, la salud emocional y, de acuerdo con algunos estudios, en el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas.
En condiciones normales, las células dependen de la glucosa para producir energía. En personas con estas enfermedades, las células cerebrales suelen tener dificultades para usarla con eficacia. Allí la dieta cetogénica cambia el metabolismo corporal desde la glucosa hacia las grasas, llevando al hígado a producir cuerpos cetónicos a partir de ácidos grasos.
Estos compuestos funcionan como "combustible" alternativo para el cerebro y sostienen procesos de protección y reparación dentro de las células nerviosas. El Alzheimer, el Parkinson, la enfermedad de Huntington, la ELA y la esclerosis múltiple presentan síntomas distintos, pero comparten mecanismos de base: el deterioro y la muerte lenta de células nerviosas en el cerebro y la médula espinal.
La revisión identifica a la disfunción mitocondrial como un factor central. Cuando falla la maquinaria celular que produce energía, disminuye su rendimiento y aumentan la muerte neuronal y la acumulación de moléculas dañinas. La inflamación cerebral agrava ese proceso.
La dieta cetogénica también podría intervenir en otros frentes. La revisión indica que activa la autofagia, el sistema natural de limpieza celular, lo que ayudaría a eliminar componentes dañados y acumulaciones de proteínas tóxicas asociadas con el deterioro cognitivo. A eso se sumarían una reducción del estrés oxidativo y un efecto de contención sobre la inflamación crónica.
El origen clínico de este enfoque se remonta a 1921, cuando el médico estadounidense Russell Morse Wilder diseñó la dieta cetogénica para tratar epilepsia resistente a medicamentos en niños. Décadas después, esa estrategia empezó a atraer a investigadores de enfermedades neurodegenerativas progresivas.
La Universidad de California definió la dieta cetogénica como un plan alimentario alto en grasas y bajo en carbohidratos que busca inducir la cetosis, un estado en el que el cuerpo usa la grasa como combustible en lugar de la glucosa. Se caracteriza por una proporción de 4 gramos de grasa por cada gramo de proteína y carbohidratos combinados.

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