Un bosque de fresnos rojos será el corazón de un innovador crematorio que se construirá en 9 de Julio, en la provincia de Buenos Aires. El proyecto del estudio BIOMA obtuvo el segundo premio en el Concurso Provincial de Ideas y Anteproyectos y propone una experiencia arquitectónica que redefine el ritual de la despedida.
La propuesta, definida como "límites que enmarcan una experiencia inmersiva", concibe el crematorio como una secuencia espacial contenida y sensible. El jurado -integrado por representantes del CAUBA D7, la CEyS y la FADEA- destacó que el proyecto llevó "al límite disciplinario" un programa tan particular.
El diseño se estructura en dos barras paralelas de cuatro metros de ancho por cincuenta y seis metros de largo, separadas entre sí por ciento doce metros. Estas funcionan como los límites estructurantes del proyecto, creando un dispositivo de transición que actúa como "umbral entre mundos".
Hacia el exterior, ambas barras se presentan como volúmenes opacos y negros, revestidas con paneles de madera de pino tratada mediante la técnica del Shou Sugi Ban. Este proceso japonés carboniza la superficie, la protege naturalmente y le otorga una negrura profunda y permanente. Solo algunos paños se abren mediante paneles pivotantes que permiten el ingreso a través de patios puntuales.
En contraste, las caras interiores que enfrentan el bosque se resuelven íntegramente en vidrio espejado. Estas superficies reflejan y multiplican el espacio intermedio hasta el infinito, reforzando la idea de límite como construcción perceptiva. El efecto espejo solo se revela desde el espacio central, preservando la discreción del conjunto hacia el exterior.
La primera barra alberga el columbario con los umbrales del duelo: recepción, espera y despedida. Funciona como ámbito de transición entre la ciudad y el ritual. La segunda barra concentra el crematorio propiamente dicho: el horno, los servicios y la infraestructura técnica que transforma la materia.
El verdadero protagonista del proyecto es el vacío entre ambas barras. Esa separación constituye el trayecto que el visitante recorre con su propio cuerpo, a pie y entre los árboles: un camino elegido y consciente. "Queríamos evitar la idea del parque de la belleza sacra para, en cambio, proponer una instalación inmersiva: un lugar capaz de transmitir recuerdo y presencia a través de la espacialidad", explicó Felipe Carrizo, socio fundador de BIOMA.
El corazón del proyecto es el bosque de fresnos rojos que se despliega entre las dos barras. En ese espacio intermedio se organiza una grilla regular de árboles que acompañará el ritual de la despedida con una presencia natural y contemplativa.
La arquitectura se apoya en una estructura sencilla y racional, compuesta por módulos regulares y un sistema de columnas y vigas de hormigón visto, pensada para una ejecución de fácil implementación y bajo costo. Sin embargo, el jurado señaló una crítica: "si bien es necesaria la división del programa en dos edificios barra bien definidos, esto hace difícil su gestión cotidiana".

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