En las estaciones y paradas del Área Metropolitana de Buenos Aires se repite una escena dramática: personas corriendo para alcanzar trenes que no saben si partirán, filas desbordadas en las paradas, colectivos que pasan repletos sin detenerse. Lo que antes era excepcional ahora es rutina diaria para millones de porteños y bonaerenses.
El deterioro del sistema de transporte público tiene múltiples causas. Los trenes redujeron frecuencias significativamente, mientras que la semana pasada se sumó el conflicto entre el Gobierno nacional y las empresas de colectivos, que aunque mejoró parcialmente, mantiene la tensión latente.
Raúl Toloza mide el impacto en horas concretas: "Le dedico dos horas diarias a viajar. Me tomo el Roca hasta Calzada y después el 271. Si perdés uno te querés matar". Hace un año la situación era diferente: los colectivos venían cada 15 o 20 minutos, ahora "a veces pasan dos seguidos completamente llenos y no paran".
Desde Florencio Varela hasta La Plata, Blanca Aguayo experimenta la misma degradación del servicio. "Antes esperaba 30 minutos, ahora viene cada una hora. Se junta con los chicos de la facultad y la fila supera la garita", relata. La decisión del regreso se volvió un dilema: "No sabés qué elegir. Tren o colectivo, en los dos viajás apretada, cansada y harta".
En Lomas de Zamora, la pareja de Natalia enfrenta el caos nocturno del transporte. Él combina subte y tren desde Chacarita hasta Constitución, pero "los trenes no cumplen horarios, los cancelan o los cambian. El de las 22.53 termina saliendo a las 23.11". Cuando finalmente llega, los colectivos tampoco funcionan: "Llegó a esperar media hora y termina caminando porque pierde más tiempo esperando".
El hacinamiento en los trenes del Roca genera situaciones extremas. Los vagones se convierten en espacios claustrofóbicos donde "cada vez entra más gente. No hay aire. No hay espacio. Solo un murmullo de quejas y respiraciones agitadas", describe la crónica de una usuaria atrapada entre cuerpos que empujan sin cesar.
Facundo Ríos, que viaja desde Quilmes hasta Olleros, invierte hasta tres horas por tramo. "Cada día se viaja peor: te golpean, te insultan", cuenta. "Hay hombres que hacen fuerza como patovicas para meterse. No da derecho a maltratar a otro", denuncia sobre la violencia cotidiana en andenes y vagones.
Para Cristian Ferraro, el viaje "cansa más que trabajar". Describe escenas de consumo de alcohol, humo y falta total de control dentro de los vagones: "Viajo hace años y nunca vi que bajen a nadie". Las interrupciones imprevistas en estaciones como Temperley o Claypole obligan a los pasajeros a buscar alternativas o resignarse a caminar por las vías.
Esta crisis del transporte público no solo afecta la calidad de vida de los usuarios, sino que impacta directamente en la productividad y el bienestar de millones de habitantes del AMBA. Los tiempos de viaje duplicados, el estrés constante y la incertidumbre se han normalizado en una región que concentra el 40% de la población argentina.

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