Este año, por primera vez, el concesionario con más ventas de la automotriz más grande del país no estará ubicado en la Capital Federal ni en el conurbano bonaerense. El premio será para un local de Neuquén, impulsado por el aumento de las ventas de camionetas para las petroleras de Vaca Muerta y sus proveedoras.
El dato podría usarse para explicar el presente y el futuro de la economía argentina, con la industria energética como emblema de una inclinación exportadora que también incluye a la minería y al campo. En esa lectura, los vectores de la prosperidad se estarían desplazando hacia la cordillera y la Patagonia, regiones destinadas a aportar dólares al país y no a gastarlos.
Pero las cifras pueden leerse de otra manera. Quienes estén descontentos con el país de Javier Milei podrían señalar que ese desplazamiento de recursos hacia la Patagonia y la cordillera también tiene un origen perjudicado: las grandes ciudades de la Argentina, y más puntualmente los cordones industriales y comerciales que las rodean.
Para usar el ejemplo del principio, el vendedor neuquino es el primero porque vende más que antes, pero también porque sus rivales en la Capital y el Conurbano están vendiendo menos de lo que esperaban. Esa diferencia entre crecimiento en una zona y caída en otra es el núcleo de la paradoja.
Para entender la situación, el texto recuerda el nombre de fantasía que los intelectuales brasileños de izquierda usaban en los años '70 para aludir a su propio país: Belindia. Era la manera de referirse a un Brasil dividido en islas de prosperidad, donde la gente vivía como en Bélgica, y enormes áreas con el paisaje humano de la pobreza característica de la India.
La diferencia es que, en el caso brasileño, esa desigualdad llevaba décadas congelada, mientras que en la Argentina de Milei las transferencias de recursos desde una geografía hacia otras están ocurriendo en vivo y en directo. La otra particularidad es que, en la Argentina, las zonas ganadoras están despobladas y las perdedoras sufren de superpoblación.
Ese detalle es preocupante para los funcionarios encargados de pensar la estrategia política del Gobierno para las próximas elecciones. Ningún político quiere llegar a las urnas con pocos votantes muy contentos y muchos votantes desencantados. El problema es particularmente acuciante en una elección a Presidente, porque la fórmula para llegar a la Casa Rosada se elige en todo el país como un distrito único.
En ese distrito único vale exactamente igual el voto de un remisero de Añelo que el de uno que tiene que conseguirse los pesos en Virrey del Pino. La caída en la popularidad del Presidente, un declive que comenzó en diciembre y que desvela a los estrategas de La Libertad Avanza, se explica bastante con ese descontento, que alcanza a quienes trabajan o trabajaban en los sectores que quedaron lejos de los dólares de la energía, la minería y el agro.
Con información de Clarín y Último Momento.

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