La ausencia de mariposas en Buenos Aires no es casualidad: es el síntoma visible de una biodiversidad perdida que los especialistas buscan recuperar. Donde hoy se extiende el asfalto porteño, hace menos de 200 años convergían tres ecorregiones únicas que albergaban una riqueza natural hoy casi extinta.
Claudia Nardini, directora del departamento educativo de Aves Argentinas, explica que en la Ciudad de Buenos Aires convergen la región pampeana, una zona de bosques secos que desaparecieron por el uso de leña donde está la actual barranca de Belgrano, y la ecorregión del Delta del Paraná, que trae la influencia de la selva misionera hasta la capital.
"Cuando hablás con personas mayores y te dicen que cuando ellos eran chicos la Ciudad estaba llena de mariposas y ahora no ven ninguna, eso se debe a que las mariposas ponen sus huevos en una planta nativa", señala Nardini. Los terrenos baldíos de antaño, que hoy son edificios o plazas, "eran terrenos llenos de plantas nativas" que servían de hábitat para estas especies.
El problema tiene raíces históricas profundas. Gabriel Burgueño, doctor en Urbanismo por la UBA y referente en planificación urbana con plantas nativas, recuerda que Buenos Aires tenía una flora de 2.000 especies y "había cincuenta árboles entre la ribera y la barranca con los talares, pero han sido destruidos antes de ser reconocidos".
La transformación se aceleró con políticas que privilegiaron especies exóticas. Cuando Domingo Sarmiento escribió que "el eucaliptus será el árbol de Buenos Aires", estaba "despreciando los cincuenta árboles que había en esta zona", explica Burgueño. El resultado: hoy el 99% del arbolado lineal de la Ciudad está compuesto por especies exóticas, según la investigación de Eduardo Haene, profesor de la Universidad de Belgrano.
Haene propone una solución innovadora: crear biocorredores urbanos que conecten fragmentos de hábitat natural a través del paisaje porteño. Estos espacios podrían instalarse en lugares tan diversos como los terraplenes del ferrocarril o los márgenes del Riachuelo. Sin embargo, a seis años de la publicación de su investigación "Biocorredores de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires", aún no se implementó ninguno.
"Plantar nativas es plantar aves, mariposas, es plantar vida", sintetiza Nardini. La especialista destaca que existen "un montón de interrelaciones milenarias" entre las plantas originarias y los insectos, aves y mamíferos de la zona, que sin la flora nativa pueden desaparecer también.
La recuperación de la biodiversidad porteña no es solo una cuestión estética: implica restaurar un ecosistema urbano que durante milenios funcionó en equilibrio. Para los vecinos de la Ciudad y el conurbano, esto podría significar el regreso de las mariposas a los barrios, pero también una mayor calidad ambiental y la reconexión con la naturaleza que caracterizó originalmente a esta región.
El desafío ahora es implementar estas propuestas científicas en políticas públicas concretas que permitan que Buenos Aires recupere, al menos en parte, la riqueza natural que la caracterizó antes de convertirse en la metrópoli actual.

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