Rodolfo Arruabarrena volvió a Boca con una misión clara: meter al equipo en la final de la Copa Sudamericana y, de paso, demostrar que su segundo ciclo puede tener otro final.
En la noche del Maracaná, el Vasco armó un once sin Leandro Paredes, aunque el capitán se había recuperado en tiempo récord de un desgarro y quería jugar.
Tras una charla después del almuerzo en el hotel, el entrenador le explicó que era mejor que empezara desde el banco. Paredes ingresó a los 16 minutos del complemento, cuando Boca ganaba 2-0.
El descuento de Vasco da Gama hizo temblar la estantería, pero sobre el final el capitán sacó un derechazo que se clavó para el 3-1 que decretó la clasificación.
«Era una decisión difícil, entendí que era bueno que entrara en el segundo tiempo, con el rival algo cansado. Lo importante es que no sintió nada... Sé el esfuerzo que hizo: es el capitán, es líder y hoy lo demostró», explicó luego Arruabarrena.
El plan se apoyó en pelotas largas para las tres flechas de ataque: Flores, Merentiel y Villa. Esa combinación le dio una rápida ventaja en la primera mitad.
También fue clave jugar con Rodrigo Battaglia de inicio y no meter al equipo atrás en el segundo tiempo con una línea de cinco. Ayrton Costa recién entró un par de jugadas después del gol del 3-1, cuando quedaban los minutos del descuento.
«Tenemos jugadores con ganas de hacer historia. Los quiero felicitar porque el triunfo es de ellos. Creo que fuimos merecedores de pasar a la final porque hicimos un partido completo y muy inteligente», valoró en conferencia de prensa.
El Vasco sabe que la recta final será exigente. El domingo deberá defender la cima de la tabla anual en el clásico ante Independiente en Avellaneda. Luego vendrá el Superclásico ante River, el 1° de noviembre.
Más tarde, el 14, la semifinal de la Copa Argentina ante Banfield. Y el 21, la definición en Barranquilla por la Copa Sudamericana.
El Vasco ya había ganado dos títulos en su primera etapa: el Campeonato de Primera División 2015 y la Copa Argentina del mismo año. Pero las eliminaciones internacionales marcaron su ciclo.
En la Sudamericana 2014 cayó con River, con el penal de Barovero a Gigliotti y el gol de Pisculichi. En la Libertadores 2015, el escándalo del gas pimienta dejó al Vasco pagando por justo frente a los pecadores.
Con la salida de Claudio Úbeda, Riquelme pensó en él para que tuviera una segunda oportunidad. Y el Vasco volvió sin filtro: «Hace 10 años me agarró una diabetes de la puta madre acá. Ahora venía bien y... Por eso mi madre no quería que viniera. Ya sabe lo que es Boca, vamos a controlarla», reveló hace pocos días.
«Lo mío fue por estrés», aclaró. Y aunque se reconoce más tranquilo que antes, ya puso el cuerpo este semestre después de pasar por el quirófano por dos hernias inguinales y retomar los entrenamientos sin reposo.
En el Maracaná, el entrenador dirigió a Boca con la sangre caliente y con la cabeza fría. Celebró los goles como en su etapa de jugador, cuando anotó por duplicado en la final de ida de la Copa Libertadores 2000 ante Palmeiras.
El Vasco leyó el partido y su estrategia se impuso. Pero también dejó en claro su honestidad brutal: «Si no ganamos nada, me tendré que ir a la mierda». Para Boca y para el fútbol local, la final no es solo un título: es una prueba de fuego en un semestre cargado de clásicos.
Con información de: Clarin y Ultimo Momento.

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